Eran más de las dos de la
madrugada y Owen Kendrick, acostado al lado de su esposa, no podía dormir,
debido a los ruidos que, procedentes del apartamento contiguo se filtraban a
través de las finas paredes del cuarto. Cuando oyó sollozar al hombre, se
levantó rápidamente y se vistió. Antes de marcharse agarró a Elaine por los
hombros y la sacudió con fuerza. Sólo así lograría despertarla.
-Creo que la vecina de al lado
está en apuros -le explicó-. Hace un rato escuché un ruido parecido a un
disparo, y después se oyeron los sollozos de un hombre. Voy a echar un vistazo.
Elaine se incorporó.
-Probablemente lo habrás
imaginado --respondió-. De todas formas, Owen, yo no me inmiscuiría. A saber en
qué puedes meterte.
-De todos modos voy a acercarme
-concluyó él.
Elaine llevaba puesto un camisón
azul claro. Era rubia, menuda, y poseía unas facciones bastante pronunciadas.
Acompañó a su esposo hasta la puerta.
-Ten mucho cuidado -le recomendó
casi en un susurro.
Owen bajó con ligereza tres
tramos de escalera y salió a la calle. Vivían en una gran urbanización de apartamentos
compuesta de bloques de tres plantas, con fachadas de ladrillo visto; eran
viejos edifi cios de forma cuadrada, tan funcionales y carentes de atractivo
como los barracones de un cuartel militar. El apartamento de donde procedían
los ruidos se encontraba en el bloque contiguo al de los Kendrick, separado por
unas paredes tan delgadas que cualquier sonido superior al de una conversación
normal resultaba claramente audible.
Owen caminó hasta el portal de al lado, entró y subió los
tres tramos de escalera con suma cautela. Al llegar a la puerta 401 pegó el
oído y escuchó durante casi un minuto. No se oía nada. Alzó el puño para llamar
pero se detuvo, indeciso. Esperó un poco y finalmente decidió que, ya que había
llegado hasta allí, lo menos que podía hacer era entrar. Aporreó la puerta con
decisión pero no hubo respuesta alguna. Entonces hizo girar el pomo. La puerta
se abrió y Owen vio una sala de estar idéntica a la suya.
Dentro, un hombre caminaba con
aire apesadumbrado hacia la ventana. Se detuvo y volvió la cabeza. Su rostro
apareció claramente perfilado bajo el resplandor intenso de un foco situado en
el techo. Era evidente que se hallaba conmocionado y que había estado llorando.
¿Quién es usted? -preguntó con
voz inexpresiva.
-Estoy seguro de haber oído un
disparo hace un rato -respondió Owen.
-No ha habido ningún disparo
-afirmó el hombre-. Al menos, en este apartamento. -Se giró por completo y
avanzó hacia Owen.
-Antes del disparo -prosiguió Owen-, oí a una mujer suplicando histéricamente.
-¿Qué mujer? -repuso el hombre-.
Estoy solo. -Era ancho y de complexión robusta. Su pelo, rizado y castaño,
estaba cubierto de mechones grises. Tenía un rostro de facciones recias, con
las mandíbulas firmes y prominentes. Vestía un traje caro de color azul oscuro.
-También oí sollozar a un hombre
-añadió Owen-. ¿Qué ha ocurrido aquí? -Entró en el cuarto de estar y cerró la
puerta.
-Debe de estar usted confundido
-sostuvo el hombre.
-No, no lo estoy. Nuestro
dormitorio linda con este apartamento, y las paredes no son precisamente a
prueba de ruidos.
-Usted no pinta nada aquí -espetó
el hombre con una voz exenta de emoción-. Márchese.
-¿Dónde está la joven que vive en
este apartamento? -inquirió Owen-. No sé cómo se llama, pero la conozco de
vista.
-La señorita DiCarlo -respondió
el hombre-. Ha salido de viaje. Somos amigos desde hace mucho tiempo y me deja
el apartamento con frecuencia. Ahora, lárguese. No pienso repetírselo.
Owen asintió.
-De acuerdo. Llamaré a la policía
y que ellos se ocupen de esto -dijo retrocediendo hacia la puerta.
-Siéntese -le pidió el hombre-.
Hablaremos del asunto.
-¿Es que hay algo que hablar?
-Sí. Desearía que comprendiera la
situación. Luego, si aún quiere llamar a la policía, ¿qué más le dará haber
esperado unos m1nutos?
Owen se encogió de hombros. Fue
hasta una silla que había cerca de la puerta y se sentó.
El hombre se derrumbó en el sofá
y permaneció callado durante varios segundos, con la cabeza gacha.
-Créame, yo no la he matado
-declaró al fin-. Ya estaba muerta cuando llegué, hace unos minutos. Pero, por
una serie de circunstancias que imagino que tendré que explicarle, no debo
verme involucrado en este asunto.
Owen continuó sentado sin alterar
la rígida expresión de su rostro.
-¿Dónde está? -preguntó-. ¿Dónde
está la mujer?
-En el dormitorio -contestó el
hombre.
-Muéstremela -pidió Owen.
-¡No! ¡No puedo volver ahí
dentro!
-No tiene más remedio. No pienso
dejarle aquí solo para que salga huyendo.
-Si quisiera huir -apuntó el
hombre-, usted no podría impedírmelo. Seguiré aquí cuando vuelva.
Owen se levantó y cruzó un corto
pasillo en dirección al dormitorio, por cuya puerta entreabierta se filtraba
una luz tenue. Respiró hondo y entró en la habitación.
La mujer yacía en el lecho.
Vestida con un salto de cama, tenía un brazo cruzado sobre el pecho y el otro
extendido a un costado, con el puño fuertemente cerrado. Se trataba de una
chica joven, de unos veintipocos años. Una melena color negro azabache le caía
sobre los hombros y poseía un atractivo rostro de facciones impecables, excepto
por la dentadura, que le sobresalía ligeramente. La muerte había acentuado
dicho rasgo al quedar los labios de la muchacha encogidos hacia atrás en una
rígida mueca.
Sus ojos habían sido de un precioso azul celeste.
Uno de ellos, el izquierdo, se
hallaba completamente abierto y exhibía la mirada fija del olvido. El otro
ofrecía un aspecto aún más desolado, puesto que había quedado incrustado en el
cráneo por una bala disparada a escasa distancia.
Owen se dio media vuelta y salió
rápidamente del dormitorio. Halló al desconocido en el mismo sitio donde lo
había dejado. Seguía encorvado en el sillón, con las manos entrelazadas entre
las piernas y la cabeza baja. Owen ocupó de nuevo la silla, y ambos hombres
permanecieron sentados, en medio de un tétrico silencio.
-Voy a vomitar de un momento a
otro -comenzó al fin Owen-, de modo que diga lo que tenga que decir. ¿Cómo se
llama?
-Magruder. William Magruder. Soy
director de una compañía inmobiliaria con el mismo nombre. Mi empresa posee y
gestiona numerosos edificios de apartamentos de la ciudad. La señorita Beverly
DiCarlo era secretaria y trabajaba para mi abogado, de manera que solíamos
vernos con bastante frecuencia. A veces me llevaba documentos jurídicos para
que yo los firmase. Nos hicimos amigos íntimos y me enamoré de ella. -Suspiró y
se restregó el dorso de cada mano como quien alisa unos guantes-. Una historia
muy trillada. Yo quería a Beverly, pero tenía una esposa e hijos a quienes
también amaba. Además, soy dueño de un negocio multimillonario y las
complicaciones eran enormes.
»Ayudé mucho a Beverly
económicamente. Le compré un coche nuevo y ropa, le amueblé el apartamento y le
pasé más dinero del que ella hubiera podido ganar jamás. Pero se negó a dejar
su empleo o a irse de este apartamento. Pensaba que nuestra relación acabaría
más tarde o más temprano, y no quería llevar a cabo cambios drásticos en su
modo de vida.
-Lo cual nos lleva a esta noche
-concluyó Owen.
-Sí. Me había quedado hasta tarde
trabajando con mi contable en ciertos asuntos relacionados con los impuestos.
Pensaba pasar la noche en un hotel donde tengo alquilada una suite durante todo
el año, puesto que vivo a dos horas en coche de la ciudad. Acabamos a eso de
las once, luego cenamos algo y nos entretuvimos charlando de trabajo y tomando
unas copas.
» Poco después de la una, decidí
llamar a Beverly y le dije que iba a pasarme por el apartamento. Me respondió
con voz tensa. Titubeaba al hablar, como si le costara decirme que se
encontraba cansada y no tenía ganas de verme. Lamento confesar que me mostré
insistente y un poco enojado. Le aseguré que vendría y colgué.
»Ahora, estoy convencido de que
cuando hablé con ella había otro hombre en el apartamento. Probablemente
Beverly le pidió que se marchara y se vio obligada a explicarle que había otra
persona más importante en su vida. Discutieron y el hombre la mató. Cuando
llegué estaba exactamente como usted la ha visto. -Hizo una pausa-. ¿Me cree?
-No sé. ¿Por qué motivo debería
creerle?
-Porque si yo fuera el asesino,
amigo mío, usted no viviría en este momento. Para mí carecería de importancia
acabar con otra vida. Dado que es el único capaz de identificarme, me desharía
de usted sin contemplaciones. ¿No es un razonamiento perfectamente lógico?
Owen asintió.
-Supongo que lo que dice es
cierto -admitió con una mueca.
-¿Lo supone? Con eso no basta.
Tiene usted que saberlo. ¡Tiene que estar seguro! -exclamó Magruder alzando la
voz-. Fíjese en esto, señor..
-Kendrick, Owen Kendrick.
-Bien. Mire, Kendrick, tengo una
pistola en el bolsillo. ¿La ve? -Sacó un revólver del calibre 38 con el cañón
recortado-. Suelo llevarla encima cuando salgo de noche porque una vez me
atracaron. -Tendió el arma con mucho cuidado y apuntó directamente a Owen-. Si
yo hubiese asesinado a esa pobre muchacha con esta pistola, ¿no sería lo más
lógico y natural del mundo que lo acribillase a usted a tiros aquí y ahora para
que no pudiera testificar contra mí?
-Tal vez -replicó Owen-. De todos
modos, no me impresiona el revólver, así que puede usted guardarlo.
Madruger se puso de pie y avanzó con la pistola en la mano. La
acercó hasta que el cañón se halló a unos milímetros de la cara de Owen.
-Me pregunto qué pensamientos
cruzan por su mente en este preciso momento, Kendrick. Se le habrá ocurrido,
por ejemplo, que ésta puede ser la misma pistola que mató a la pobre Beverly.
¿Estoy en lo cierto, Kendrick?
-No lo sé -repuso Owen-. ¿Cómo
voy a saberlo?
-¡¿Que cómo va a saberlo?!
-estalló Magruder-. Su nariz debería darle una pista, naturalmente. Si este
revólver hubiese sido disparado hace poco, aún olería a pólvora. ¿Capta usted
algún rastro de dicho olor?
Owen acercó la nariz y olfateó de
mala gana.
-No -repuso honestamente-. No
huele a pólvora.
-¡Pues claro que no! -exclamó
Magruder-. Porque ésta no es el anna que mató a Beverly. Ella guardaba una
pistola automática por seguridad. Solía tenerla guardada en el cajón de la
mesita de noche, pero ha desaparecido. Evidentemente, alguien sabía que estaba
allí y la utilizó para matarla. -Magruder bajó el revólver y, tras guardárselo
en el bolsillo, volvió a sentarse-. Perdóneme. No era mi intención asustarle
-se excusó en tono tranquilo-. Pero tenía que convencerle. Todo esto ha sido un
golpe terrible y estoy un poco alterado. Lo siento.
-Mi mujer me está esperando -le
comentó Owen-. Ella sabe que oí un disparo y vine a investigar. Si no regreso
enseguida, puede que se asuste y llame a la policía.
-Ahí tiene un teléfono -le indicó
Magruder-. Dígale a su esposa que ha tenido lugar un pequeño incidente, pero
nada serio. Una pistola se disparó accidentalmente. Estará usted de vuelta en
casa dentro de diez minutos.
Owen decidió que más le valía
seguir el juego, de modo que se acercó al teléfono.
-¡No lo toque! -le advirtió
Magruder-. Utilice su pañuelo. No conviene dejar huellas que luego despisten a
la policía, ¿verdad? Ya he limpiado todos los objetos que he podido tocar desde
que llegué.
Owen descolgó el auricular con el
pañuelo y marcó su número. Le contó a Elaine la historia sugerida por Magruder.
-Naturalmente -observó Magruder
cuando Owen volvió a sentarse tras hablar con su esposa-, tendrá que contarle
la verdad más adelante. Pero, de momento, es mejor así. Y una cosa más. Si se
fija en la mesa que hay junto a usted verá un encendedor. Me di cuenta de que
estaba ahí cuando salí del dormitorio. No lo toque, porque estoy convencido de
que tiene huellas del hombre que asesinó a Beverly. Pero mírelo de cerca y
fíjese en el monograma.
Era un encendedor de oro
precioso, fino, con un diseño bastante estilizado. Tenía dos estrellas que
semejaban dos rubíes y entre ellas había una inscripción. Inclinándose a la luz
de la lámpara, Owen pudo distinguir las iniciales L.G.
-Yo tengo uno igual -declaró
Magruder. Cruzó la habitación y entregó a Owen un encendedor idéntico. Llevaba
las iniciales de Magruder-. El mío lo compró mientras estaba de vacaciones
-afirmó en tono cansado, tomando el encendedor de las manos de Owen y volviendo
a su silla-. Parece ser que compró dos encendedores y le regaló al otro ese
duplicado. -Dejó escapar un suspiro-. Lo siento mucho por Beverly, faltaría
más. Pero ahora que sé que me engañaba, lo único que me importa es protegernos
a mí y a mi familia. Llevábamos nuestra relación con una discreción absoluta, y
debe seguir siendo un secreto a cualquier precio.
-¿Tiene usted idea de a quién
pertenecen las iniciales L.G.? -preguntó Owen.
-No. Beverly me ocultó sus relaciones
con ese hombre. Hasta esta noche, no tenía ni idea de que existiera. Aun así,
no creo que Beverly le hablara de mí o le mencionara mi nombre. Era demasiado
lista como para arriesgarse a perder a un imbécil como yo mientras mantuviese
abierto el grifo del dinero.
-Bueno -repuso Owen-, nada de
esto varía mi postura. ¿Me está pidiendo que olvide que le vi aquí minutos
después de que la mujer fuera asesinada?
-¡Sí, absolutamente! La policía
cogerá al asesino, y dado que yo soy inocente, no tiene ningún sentido que me
exponga a un escándalo que saltará a los medios de comunicación, deshará mi
familia, acabará con mi reputación y dañará mi negocio.
-Aunque tuviera la certeza
absoluta de que usted no la mató --declaró Owen-, es mucho pedir por su parte. Si
me cogieran ocultando hechos a la policía, correría el riesgo de ir a prisión
acusado de complicidad. Además, tendría que convencer a mi mujer para que
también ella guardase silencio.
-No hay nada que resulte más
convincente que el dinero cuando no se posee -replicó Magruder-. ¿A qué se
dedica usted?
-Soy encargado adjunto de la
tienda que hay a la vuelta de la esquina.
Magruder hizo un gesto
afirmativo.
-Si accede a visitarme en mi despacho
mañana a mediodía, le tendré algo preparado. No se trata de un soborno, eso que
quede claro. Simplemente deseo recompensarle por haberme ayudado en uno de los
momentos más cruciales de mi vida. ¿Le parece bien diez mil dólares en
metálico?
En aquel momento, Owen tenía poco
más de trecientos dólares en la cuenta corriente, suma destinada casi en su
totalidad a saldar facturas. Nunca había podido ahorrar más de mil dólares, y
la única vez que consiguió hacerlo fue con el propósito expreso de comprarse un
automóvil de segunda mano. Disponer de una suma de cinco mil dólares había sido
una de las metas soñadas de su existencia, Para su intelecto limitado, diez mil
constituían la llave del paraíso.
No obstante, titubeó. En parte
porque aún se sentía atontado por la oferta, y en parte porque tampoco deseaba
que Magruder se apercibiera de la verdad: que su lealtad y su silencio, incluso
en un caso de asesinato podían ser fácilmente comprados por diez mil dólares.
-Está bien -declaró al cabo de la
pertinente pausa, durante la cual había permanecido frunciendo los labios,
arrugando la frente y mirando hacia el techo en busca de orientación divina-.
Parece una oferta bastante generosa. Puesto que hay mucho en juego, me siento
inclinado a aceptar. Sin embargo, señor Magruder, quiero que sepa que si por un
momento pensara que fue usted quien...
-Exacto -concedió Magruder-.
Entonces, ¿podemos dar por zanjado el asunto? -Se levantó rápidamente y le dio
a Owen su tarjeta-. Mañana a mediodía, Kendrick -recalcó al tiempo que sonreía
gravemente y le ofrecía la mano.
Pocos minutos más tarde, Owen
relataba entusiasmado el episodio punto por punto a Elaine:
-... Y cuando me apuntó con la
pistola, se acercó a mi silla con aquella mirada asesina en los ojos y me pegó
el cañón a la nariz... De veras, Elaine, estuve seguro de que me mataría. Pero
permanecí tranquilo y frío como un helado de vainilla.
-¡Diez mil dólares! -exclamó
Elaine sorbiendo el café y alargando la mano por encima de la mesa para coger
un pastelillo-. ¡Aunque viviéramos cien años y nos pasáramos la vida entera
ahorrando, jamás reuniríamos tanto dinero en un único y precioso fajo!
-Sí -convino Owen con una mueca
de picardía-. Diez mil amiguitos verdes prestos a obedecer nuestra más mínima
orden. -Su semblante cobró un aire pensativo-. ¿Tú crees que él la asesinó?
¿Cómo podemos estar seguros?
Elaine se encogió de hombros.
-¿Quién sabe? Y, a estas alturas,
¿tiene importancia en realidad?
Al día siguiente, Owen telefoneó
a su trabajo y dijo que estaba enfermo. A mediodía, con toda puntualidad, bajó
del ascensor en la planta 31, que ocupaba exclusivamente la Compañía William
Magruder. Sintiendo como si el sueño frenético de la noche anterior siguiera
vigente en un escenario distinto, caminó sobre la alfombra color borgoña hasta
el silencio solemne de la sala de recepción.
-¿En qué puedo servirle, señor?
-le preguntó ,una chica rubia.
-Me llamo Kendrick. Owen
Kendrick.
-Ah, sí. El señor Magruder le está esperando. Pase por esa puerta, gire a la derecha y siga hasta el final del pasillo. última puerta a la izquierda, señor.
La secretaria del señor Magruder
tenía el cabello gris, era seria y de modales educados pero secos.
-Le está esperando, señor. Tiene
una cita para almorzar, de modo que deberá usted darse prisa-Y lo anunció por
el interfono.
William Magruder se hallaba
sentado detrás de, ,una mesa de madera de teca, en un despacho más grande que
el salón de Owen. El traje azul que llevaba la noche anterior había sido
sustituido por otro gris marengo. En aquel nuevo escenario, no parecía un hombre
que hubiera sufrido recientemente la amenaza de ver su vida destrozada por una
acusación de homicidio. Owen Kendrick podía muy bien ser un agente de seguros
al que el todopoderoso ejecutivo hubiese concedido tres minutos de su tiempo
antes de irse a almorzar.
Magruder no se levantó ni
pronunció una sola palabra de saludo. Simplemente señaló con la cabeza una
silla cercana y rebuscó en un cajón de la mesa. Sacó una carpeta y la pasó por
encima de la mesa en silencio. Tras desatar nerviosamente la cuerda, Owen abrió
la solapa de la carpeta, dejando al descubierto varios fajos de billetes
grandes. Se sintió tentado de contarlos, o cuando menos de recorrerlos con los
dedos, pero no hizo ni lo uno ni lo otro. Se limitó a cerrar la carpeta y a
atarla con movimiento torpes.
-Diez mil dólares, como acordamos
-declaró Magruder y aguardó una respuesta, con el rostro rígido como el
granito.
-Sí -repuso Owen-. Tal como
acordamos. Tenga la seguridad, señor Magruder, de que su secreto siempre estará
a salvo por lo que a nosotros respecta. Y hablo también en nombre de mi esposa.
-No me cabe la menor duda
-contestó Magruder con una sonrisa forzada.
-Pero, como ya le dije anoche,
señor Magruder, ninguna suma de dinero me persuadirla si pensara por un momento
que fue usted quien...
-Lo sé -interrumpió Magruder con
un ademán brusco-. Comprendí enseguida que es usted una persona íntegra. No
tenemos por qué volver sobre el asunto. De hecho, desde este momento no será
necesario que haya más contacto entre nosotros. ¿Queda claro?
-Sí, señor.
-Ahora, si me dispensa...
Esta vez Magruder sí se levantó
de la silla, pero cuando Owen le ofreció la mano, aparentó ignorarlo. Bueno
Owen no era nada susceptible. Además, al marcharse llevaba bajo el brazo los
mejores amigos que un hombre podía desear.
El cadáver de Beverly DiCarlo fue
descubierto a última hora de aquella misma tarde. La policía tenía al menos una
pista y esperaba llevar a cabo una detención en las siguientes veinticuatro
horas, según se informó. Efectivamente, un tal Lyle Gaddis, cuyas iniciales
figuraban en un encendedor hallado en el apartamento de la señorita DiCarlo,
ingresó en prisión aquella noche. Gaddis era vendedor de automóviles y le había
vendido a Beverly DiCarlo un coche nuevo. Había encontrado su tarjeta en la
mesa de la señorita DiCarlo. Cuando le mostraron el encendedor, Gaddis admitió
sin reservas que era suyo y que Beverly se lo había regalado.
No obstante, después de una
discusión provocada por la negativa de Beverly a casarse con él o a dejar de
frecuentar otras compañías, Gaddys le había devuelto el encendedor. De eso
hacía casi una semana, y desde entonces no había vuelto a ver a la muchacha. A
pesar de todo, cuando se averiguó que tenía una pistola automática del calibre
22 registrada a su nombre, Gaddys fue detenido y encarcelado. Un casquillo
procedente de dicha pistola había sido encontrado cerca de la cama de Beverly,
y la bala correspondiente había quedado incrustada en el colchón, bajo la
cabeza del cadáver.
En el juicio, Lyle Gaddis declaró
que le había prestado el revólver a la señorita DiCarlo porque ésta le comentó
que un desconocido la había seguido una noche hasta el portal de su casa. Según
comentó Gaddis, Beverly lo tenía guardado en el cajón de la mesita de noche,
pero el arma jamás se encontró.
A pesar de su posterior
declaración, según la cual Beverly DiCarlo le había confesado que mantenía
relaciones con otro hombre que le proporcionaba dinero y regalos -incluido el
coche nuevo-, Gaddis fue condenado, pues la defensa no consiguió identificar o encontrar
al hombre en cuestión. La sentencia fue de cadena perpetua.
Entretanto, Owen y Elaine
Kendrick arrendaron una casa amueblada en una zona bastante selecta. Owen dejó
su empleo y alquiló un coche nuevo e impresionante con la idea de afianzar su
posición social en el barrio. Casi de inmediato prescindieron de las antiguas
amistades en favor de los nuevos vecinos, y Owen se ideó un pasado ficticio
como ejecutivo en la Costa Oeste. Alegó haberse retirado prematuramente para
vivir de ciertos ingresos obtenidos gracias a una serie de inversiones
inteligentes. Con miras a reforzar su estatus, los Kendrick ofrecieron
numerosas fiestas privadas en las que alternaban con matrimonios escogidos.
No se trataba de una
extravagancia propia de nuevos ricos, sino que obedecía a una estrategia. Owen
tenía la certeza de que alguno de aquellos cultos ejecutivos que integraban su
círculo de amistades acabaría ofreciéndole un cargo importante. Así pues, de
cuando en cuando insinuaba que empezaba a aburrirle la falta de actividad y que
lamentaba haberse retirado en la flor de la vida. Sugería, sin evidenciar un
gran interés en el tema, que estaba dispuesto a aceptar una oferta en el
escalafón más alto del mundo empresarial, siempre y cuando el puesto fuese
interesante y estuviese remunerado de acuerdo con su capacidad.
Owen, que era bien parecido y
tenía cierto gancho con las mujeres, volcó todos sus encantos en las esposas de
los peces gordos con los que se codeaba, especialmente cuando eran jóvenes y
atractivas. Elaine empezó a sentirse celosa y eso dio pie a un sinfín de
borrascosas peleas entre los cónyuges, aunque ella tenía el suficiente buen
criterio como para refrenar su genio ante terceros. Owen se defendía alegando,
con cierto grado de sinceridad que todo formaba parte del plan, pues hasta un
idiota sabía que, la mayoría de las veces, el mejor modo de acceder a un hombre
era a través de su esposa. Simplemente omitía mencionar que estaba disfrutando
sobremanera con aquella fase del juego.
La treta habría podido dar
resultado si Owen no hubiese exagerado su papel. Se había mostrado cariñoso en
exceso con las esposas de ciertos magnates, mientras que otros no encontraban
puestos dignos de la categoría que Owen se atribuía a sí mismo. Solían
disculparse pretextando que los puestos para los ejecutivos de altura eran bastante
escasos. Como ya era demasiado tarde para asignarse un grado inferior, Owen se
limitaba a sonreír y a encogerse de hombros, comentando que podía permitirse el
lujo de esperar.
Animicamente podía esperar hasta
el fin de los tiempos; pero, en la práctica, debía darse verdadera prisa.
Habían transcurrido casi seis meses y, después de tanto gasto incontrolado,
apenas le quedaban mil dólares en el banco además de un montón de facturas.
-¿Qué diablos vamos a hacer
ahora? -preguntó Elaine una mañana gris, mientras las nubes descargaban agua a
cántaros más allá de la ventana del dormitorio-. Como no se nos ocurra algo
ingenioso, y deprisa, tendremos que largamos disimuladamente e instalarnos en
algún tugurio piojoso mientras encuentras trabajo como dependiente.
-¿Yo, de dependiente? -bufó
Owen-. Ése es un trabajo para idiotas y gente servil. ¡Esa vida se acabó para
mí!
-Bueno, tú eres el Señor
Inteligente -se burló Elaine-. Y tú nos metiste en este lío. Venga, Señor Inteligente,
sácanos de él. Sabías que el chollo se nos acabaría. ¿No pensaste en el futuro?
¿No tuviste en cuenta el mañana ni una sola vez?
-Ah, cállate ya -farfulló Owen-.
He sabido desde el principio lo que había que hacer si alguna vez llegábamos a
esta situación.
Se levantó bruscamente y empezó a
ponerse su mejor traje.
-Estaba convencido de que
volvería -declaró William Magruder, sentado tras la mesa de madera de teca. No
parecía enfadado ni molesto. Encendió un cigarrillo con un mechero plateado y
se recostó cómodamente en la silla giratoria---. Sí --continuó-, era inevitable
que volviera más tarde o más temprano. Siempre lo hacen.
-¿Lo hacemos? -inquierió Owen.
-Me refiero a los individuos de
su calaña -aclaró Magruder con una sonrisa no exenta de cierta simpatía.
-¿Mi calaña? Me ofende usted,
Magruder.
-Lo que le ofende -respondió
Magruder con un tono de voz todavía sereno- es no haber tenido la inteligencia
necesaria para aprovechar una situación económica ventajosa. -Hizo un alto,
permi
tiendo que el humo escapara de su
nariz aquilina en forma de perezosos penachos-. ¿Sabe, Kendrick? Las personas
que se hacen con un dinero que jamás hubieran podido ganar por sí mismos rara
vez son capaces de conservarlo. Tal vez, llevados por una suerte de optimismo
insensato, piensen que, al haberles sonreído una vez, los dioses les sonreirán
indefinidamente.
-Su sermón me trae sin cuidado
-espetó Owen, incómodo al comprobar que Madruger se mantenía impertérrito en
lugar de reaccionar con la indignación previsible-. Lo único que quiero de
usted son otros diez mil dólares.
-Así pues -continuó Magruder-,
consciente de que regresaría en cuanto el pozo se secase, tomé las medidas
oportunas. Hice un par de llamadas telefónicas para informarme de las alternativas
que cabían en una situación como ésta. Sólo existe una. 0 se satisface a un
enemigo peligroso, o se le destruye. He decidido satisfacerlo... pero sólo una
vez más. ¡Téngalo muy presente!
Abrió un cajón del fondo y, tras
rebuscar unos segundos, sacó un sobre. A continuación se lo pasó a Owen.
Contenía un cheque de cinco mil dólares, extendido a nombre de Owen Kendrick.
-¡0 sea, que tenía preparado este
cheque desde el principio! -exclamó Owen.
-Sí, claro -respondió Magruder-.
Lo extendía el día siguiente de nuestro primer encuentro. Verá, sabía
exactamente cuánto dinero extra estaba dispuesto a pagar a cambio de su
silencio. Y para mí, su silencio valía otros cinco mil dólares. Ni un centavo
más. Podría permitirme desembolsar una cantidad mayor, naturalmente, pero no
pienso caer en una red de chantajes que sin duda crecería y se prolongaría sin
fin. Cinco mil dólares.... ése es mi límite definitivo. Si vuelve por aquí,
aténgase a las consecuencias.
-¿Es esto una amenaza?
-¡Desde luego! Más que una
amenaza, es una
a realidad. Sólo me queda ultimar
los detalles. Con una simple llamada de teléfono, puedo contratar los servicios
profesionales de un par de asesinos a sueldo. ¿Cree lo que le digo?
-Sí -respondió Oweri. Y era
cierto.
-Les concedo a usted y a su
esposa tres días para que pongan en orden sus asuntos. Pasado ese tiempo,
deberán abandonar la ciudad. Se irán a vivir, como mínimo, a dos mil kilómetros
de aquí, y no regresarán nunca. ¿Entendido?
-Sí, perfectamente -contestó
Owen, y se guardó el cheque en el bolsillo.
-¿Crees que era un farol?
-preguntó Elaine mientras examinaba el cheque.
-No, no lo creo. Es más, estoy
seguro de que es capaz de hacer que nos asesinen.
-En ese caso -repuso Elaine-,
probablemente fue él quien disparó a esa pobre chica. ¿Por qué iba a pagar
quince mil dólares a cambio de nuestro silencio si no fuera culpable? ¿Estaría
dispuesto a hacernos matar para cerramos el pico si fuese inocente?
-No lo sé -respondió Owen-. Y
prefiero no pensar demasiado en ello.
Elaine alzó la mirada
bruscamente.
-¿Por qué? -inquirió.
-Porque si fue él quien asesinó a
Beverly DiCarlo, han metido en la cárcel a un hombre inocente.
-Comprendo lo que quieres decir
-respondió ella-. Bueno, será mejor que vayamos haciendo las maletas, ¿no
crees?
Se trasladaron a San Diego. La
ciudad se hallaba cerca de la frontera con México, lo cual les iría bien si
surgían problemas. Habiendo descubierto lo deprisa que se evaporaba el dinero
sin el respaldo de unos ingresos regulares, Owen ingresó los cinco mil dólares
en el banco y a continuación se puso a buscar tiendas que ofreciesen puestos de
encargado. Antes de casarse, Elaine había trabajado como viajante en una
empresa de cosméticos. Logro encontrar un empleo similar. Su zona cubría todo
el estado, de modo que a veces se ausentaba durante varios días.
A Owen la situación le iba que ni
pintada. Hacía ya mucho tiempo que se aburría con Elaine, y el trabajo de su
esposa le brindaba la oportunidad de zascandilear por ahí sin tener que
abandonarla, cosa que hubiera resultado peligrosa. Elaine sabía demasiado
acerca de él y, en venganza, podría hacer que lo metieran en la cárcel por
chantaje y encubrimiento de homicidio.
En cierta ocasión, mientras
Elaine se encontraba en Sacramento, Owen llevó a su más reciente conquista a la
sala de fiestas de un hotel emplazado frente al océano, en La Jolla. Al
contrario que Elaine, la chica tenía un hermoso cabello negro que le caía sobre
los hombros en forma de perfumados rizos. Bailaron piezas melodiosas y lentas,
interpretadas por una orquesta de cinco músicos. Era un marco muy romántico,
con las olas azotando la playa cercana.
En uno de los intermedios, se
sentaron a una mesa situada junto a un ventanal abierto. Owen dio fuego a la
muchacha con un elegante encendedor de oro adornado con dos estrellas que
imitaban dos rubíes, y luego lo soltó en la mesa. Ella miró el encendedor con
curiosidad durante un momento y, finalmente, lo cogió.
-¡Oué encendedor tan precioso! -exclamó-.
Nunca había visto uno igual. -Lo estudió de cerca, entornando los ojos-. Y
hasta tiene tus iniciales. Ay, ay, ay, ¿de dónde lo habrás sacado? -Soltó una
sonrisilla celosa que sugería la posibilidad de un romance.
-Me lo regalaron -contestó Owen-.
Lo encontré hoy de casualidad mientras hurgaba en una caja de recuerdos
personales. Casi había olvidado que lo tenía. Luego, no sé, se me antojó
traérmelo esta noche.
-Supongo que te lo regalaría
alguna chica guapa.
-Bueno, antes me había parecido
guapa. Pero de eso hace mucho tiempo. Resultó ser una persona horrible... Una
sádica. a quería incluso después de enterarme de que tenía relaciones con otros
dos hombres. Les había regalado a cada uno un encendedor idéntico a éste, salvo
las iniciales, claro.
-¡No me digas!
-Así fue -respondió Owen
entusiasmado pues aquello suponía una oportunidad de desahogarse sin temor a
que lo descubrieran-. No quería romper con sus otros dos amantes, y por eso
dejé de verla. Tuve que poner mucha fuerza de voluntad porque estaba muy
enamorado de ella. Y el sentimiento era mutuo. Se puso furiosa cuando le
propuse acabar la relación.
»Poco después se quedó vacío un
apartamento contiguo al mío. Ella se enteró y se instaló en él. No tardé en
conocer a sus amantes de verlos entrar y salir. Su apartamento estaba tan
cerca, y las paredes eran tan finas, que en ocasiones incluso los oía. -Sus
ojos parecieron oscurecerse al evocarlo-. Ésa era su forma de torturarme... de
hacerme daño.
-¡Qué horrible debió de ser para
ti! -exclamó la chica, con el rostro contraído en una mueca de fingida
compasión-. ¡Seguro que habrías querido matarla!
-¡Nada me hubiera gustado más!
-repuso Owen.
Por un momento, la cara se le
tensó de rabia, pero, al notar la mirada de la chica, sonrió y ambos se echaron
a reír.
Más tarde, mientras paseaban cogidos del brazo por la playa, Owen se sacó el encendedor del bolsillo y, a modo de pequeña ceremonia, tomó impulso y lo lanzó al océano con todas sus fuerzas.